viernes, 20 de febrero de 2015

El Vampiro de Silesia

Lorenzo Fernández Bueno nos sorprende con esta fantástica novela donde un inquietante hallazgo arqueológico en Venecia sacará a la luz una serie de hechos del pasado que no os dejará indiferentes.




Marzo de 2009, el profesor Adriano Toscanelli, junto a un equipo de arqueólogos, descubre una fosa común en una isla de Venecia. En su interior se halla una cripta oculta tras los huesos de los apestados que fueron enterrados allí y el cuerpo de una mujer salvajemente torturada cinco siglos atrás. La conmoción se torna más intensa cuando comprueban que, en un ejercicio de crueldad infinita, estando aún con vida, sus agresores introdujeron un ladrillo entre sus dientes, desencajándole la mandíbula.

Convencidos de que se trató de un exorcismo, los medios de comunicación no dudan en calificar a la triste protagonista como "la vampira de Venecia", pero nadie imagina los inconfesables secretos que esta misteriosa mujer esconde.

El Vampiro de Silesia nos transporta a la Europa del siglo XVIII y las misteriosas epidemias que acabaron con cientos de vidas, hasta el siglo XVI, tiempo en el que el papa Sixto V pondrá en marcha un ambicioso proyecto para hacer  realidad un sueño muy peligroso.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Ed Gein, el carnicero de Plainfield y su "Granja de los Horrores"

Edward Gein nació en 1906 en Plainfield, Wisconsin, y se crio en una granja de 160 acres junto con su hermano y su dominante madre, quien le enseñó desde muy pequeño que el sexo era pecaminoso. 

Su hermano falleció en 1944 y tan solo un año después, en 1945, falleció también su madre, quedando él al mando de la granja.




Entonces tenía 39 años y gracias a los subsidios federales consideró que ya no era necesario cultivar sus tierras. Se dedicó a realizar pequeños trabajos para algunos de los habitantes del pueblo y ganarse un dinero extra. 

El fantasma de su madre siguió atormentándole de una forma enfermiza. Tras su muerte mantuvo su dormitorio tal cual lo dejó y cubrió la puerta con unas maderas.

Se sentía fascinado por la anatomía íntima femenina y leía enciclopedias médicas, revistas pornográficas y novelas de terror.

Tras aburrirse de la lectura comenzó a visitar cementerios alejados de Plainfield y a desenterrar cadáveres de mujeres. Les cortaba la cabeza, los desollaba, les extraía el corazón, los genitales y los intestinos.
Se hacía máscaras con la piel de sus víctimas y con los huesos realizaba macabros muebles para su casa.
En ocasiones se vestía con la piel que desollaba a modo de traje o vestía con ella a un maniquí y bailaba con él.

En diciembre de 1954, Mary Hogan desapareció de la taberna donde trabajaba dejando un rastro de sangre que indicaba con total seguridad que la mujer había sido asesinada.


 Mary Hogan


En Noviembre de 1957, Bernice Worden se dirigía a una ferretería local y también desapareció.


Bernice Worden


El hijo de Bernice, Frank, que fue diputado del Sheriff, al enterarse de que se había visto merodeando por el pueblo a Gein justo cuando su madre había desaparecido se dirigió a la granja de éste junto con el alguacil.




Cuando entraron en la casa encontraron el cuerpo de la señora Worden sin cabeza colgando boca abajo de un gancho carnicero con parte del cuerpo abierto. La cabeza y los intestinos estaban en una caja y el corazón en un plato en el salón.





LA GRANJA DE LOS HORRORES

Además del cuerpo de Bernice Worden esparcido por la casa encontraron también multitud de restos humanos formando una escena macabra y horrorosa que dejó al cuerpo del orden atónito.


 Interior de la casa de Gein


También se econtraron:

- Piel de cabezas humanas en conserva de al menos 10 personas. 
- Un cinturón hecho con pezones. 
- Una silla tapizada con piel humana.
- Diversos cráneos utilizados a modo de cuenco de sopa. 
- Lámparas de piel tensada.
- Una mesa sostenida por tibias humanas.
- Una nevera llena de órganos humanos. 
- Los cuatro postes de la cama de Gein estaban cubiertos de cráneos humanos. 
- Una cabeza humana colgada de la pared junto a 9 máscaras hechas con la piel del rostro de 9 mujeres.
- Pulseras de piel decorativas. 
- Una caja llena de genitales femeninos.
- Caras rellenas de periódicos colgadas en las paredes a modo de trofeos de caza.
- Una especia de chaleco mamario hecho con el torso de una mujer.













Un espectáculo digno de una película de terror aunque en ocasiones la realidad supera la ficción con creces sin duda.
De hecho sus espeluznantes crímenes proporcionaron al director de cine Alfred Hitchcock las bases para su famosa película Psicosis.




También la decoración de la casa de la Matanza de Texas y el asesino Leatherface con su máscara de piel humana se inspiraron en Gein y su granja del terror.





Cuando Gein fue interrogado por la policía confesó a la policía haber confeccionado aquella macabra colección de prendas humanas, con las que en ocasiones fingía ser su madre.




Afirmó que nunca cometió canibalismo y que no había mantenido relaciones sexuales con los cadáveres de sus víctimas, decía que olían mal.


Ed Gein

Tras analizar todos los restos humanos encontrados en la granja se determinó que al menos había restos de unos 15 cuerpos humanos.

Ed Gein declaró que recordaba confusamente haber matado solo a Bernice Worden y que los demás restos humanos los había sacado del cementerio.




En diciembre de 1957, las revistas "Life" y "Time" publicaron los hechos de esta espantosa carnicería que había tenido lugar en una pequeña localidad de Wisconsin.




Los psiquiatras determinaron que se trataba de un caso de complejo de Edipo, que Gein estaba enamorado de su madre y tras morir necesitaba que alguien la sustituyera, de ahí el parecido con ella de sus víctimas.

En Marzo de 1958, la granja de Gein fue clausurada tras expandirse el rumor de que estaba destinada a convertirse en una atracción para turistas como Casa de los Horrores.

Sin embargo, su camioneta Ford se vendió en una subasta pública para ser utilizada en ferias locales con un letrero que decía “El coche de Ed Gein, vea el coche que transportó a los muertos de las tumbas”. 

Tras 10 años internado en un hospital psiquiátrico Gein fue considerado apto para ser juzgado.
Le declararon culpable pero con un elevado grado de locura, por lo que pasó muchos años en el Hospital Central de Waupon.

En 1978, se le trasladó al Instituto de Salud Mental de Mendota, donde murió en 1984 a sus 77 años de un paro cardíaco y respiratorio en el pabellón geriátrico, siendo un interno modelo, educado y discreto.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Daniel y Manuela Ruda: los vampiros alemanes

Daniel y Manuela se casaron el 6 de junio (sexto día del sexto mes) y asesinaron a sangre fría a su amigo Frank Hackert el 6 de julio.

Si juntamos esas fechas tenemos como resultado 666, el número de la bestia en el Apocalipsis de San Juan.
Pertenecían a un grupo de extrema derecha y se definían como neonazis y satánicos.


Manuela y Daniel Ruda el día de su boda
  

La madre de Manuela recibió una nota de su hija que decía: "No soy de este mundo. Debo liberar mi alma de la carne mortal".
Asustada dio parte a la policía que se dirigió al apartamento de la pareja. Encontraron una escena que jamás olvidarían. El cuerpo de Frank se encontraba con un pentagrama invertido grabado en el pecho, todo estaba lleno de sangre, había imitaciones de cráneos , cuchillos y machetes colgados de las paredes, objetos satánicos y encontraron una lista con 15 nombres donde ponía "Alegraros, vosotros sois los siguientes".


Frank Hackert

Inmediatamente se emitió una orden de búsqueda y captura de los asesinos por todo el país. Fueron encontrados 3 días después en una gasolinera de un pueblo cerca de Jena (Alemania).

El juicio dio comienzo en 2002. Ambos declararon haber asesinado a Frank pero negaron cualquier responsabilidad alegando que "No fue un asesinato, fue una ejecución. Satán nos lo ordenó y debíamos obedecer. No podríamos ir al infierno a menos que lo hiciéramos. Queríamos asegurarnos de que la víctima sufriera".

Manuela dijo : "Estábamos en el sofá, Daniel se puso en pie y golpeó a Frank con un martillo. Mi cuchillo brillaba y escuché una voz que decía "apuñálale en el corazón". Entonces se lo clavé. Vi una luz a su alrededor, era su alma que había salido de su cuerpo. En ese momento recitamos una letanía satánica".


 Manuela Ruda

Manuela le asestó 66 puñaladas a sangre fría. Recogieron parte de su sangre en un recipiente y se la bebieron.
Tras el asesinato tuvieron relaciones sexuales en un ataúd que utilizaba Manuela para dormir.

Manuela se había hecho sustituir sus colmillos por otros de animal para asemejarse más a un vampiro. En una ocasión se hizo enterrar en una tumba para saber qué se sentía. Había estado bebiendo sangre de volutarios que había encontrado por internet.


Daniel Ruda


Ambos se presentaron en el juicio con ropa negra, botas militares y cruces invertidas.

Manuela fue sentenciada a 13 años de carcel y Daniel a 15 años.
El juez Amjo Kersting decidió que antes de ingresar en prisión debían recibir tratamiento psiquiátrico.


martes, 6 de noviembre de 2012

Arnold Paole, caso de vampirismo registrado y documentado

Tanto el caso de Arnold Paole como el de Peter Plogojowitz se consideran los ejemplos mejor estudiados sobre la creencia popular de vampiros. Fueron registrados y documentados por las autoridades austríacas y recorrieron parte de Europa.

Arnold Paole; también conocido como Arnold Paol, Arnond Parle o Arnold Pavle; fue un hajduk serbio que falleció en 1732 en Medveja. Supuestamente,tras su muerte, se convirtió en un vampiro provocando una epidemia mortal que acabó con la vida de 16 ciudadanos de esta localidad croata.

El informe del caso Paole fue distribuido por toda Europa Occidental y se basó en los informes realizados por Flückinger y Glaser, dos médicos militares austriacos que fueron enviados para investigar los hechos.

Arnold Paole mencionó en varias ocasiones haber sido atacado por un vampiro en Gossowa, pero dijo haberse curado milagrosamente tras seguir al vampiro desenterrándolo, cortándole la cabeza y comiendo una mezcla de la sepultura y sangre del mismo.




PRIMERA EPIDEMIA

En 1726, Paole murió en un accidente en el que quedó atrapado bajo las ruedas de un carro de heno. Fue enterrado en el cementerio local y unos veinte días después cuatro habitantes de la zona dijeron haber sido atacados por él.
A los 10 días del supuesto ataque los cuatro individuos fallecieron provocando el pánico en la aldea.

Algunos aldeanos decidieron abrir la tumba de Paole comprobando así que el cuerpo no estaba en estado de descomposición,aún fluía sangre fresca por los orificios del cuerpo, las uñas se habían caído y le habían crecido nuevas.
Contemplando semejante imagen aterrorizados, le clavaron una estaca en el corazón y quemaron su cuerpo con el fin de acabar con la epidemia vampírica que asolaba el pueblo.



Para evitar nuevas epidemias realizaron el mismo ritual con las supuestas cuatro víctimas de Paole.


SEGUNDA EPIDEMIA

En 1731, una nueva epidemia acabó con otras diez personas. Los aldeanos solicitaron ayuda al emperador Carlos VI mediante escrito. Éste envió a Glaser, especialista en enfermedades contagiosas, para que investigara el caso.




Glaser llegó a la aldea en diciembre de 1731 y relató en su informe que habían fallecido 13 personas en 6 semanas. Tras desenterrar los cuerpos y realizar las autopsias pertinentes ordenó cronológicamente algunas de las víctimas y anotó su edad y género.

  1. Milica (mujer de 50 años)
  2. Miloje (varón de 14 años)
  3. Joachim (varón de 15 años)
  4. Petar (varón de 15 años)
  5. Stana (mujer de 20 años)
  6. Hijo recién nacido de Stana (no fue enterrado en el camposanto al no haber sido bautizado)
  7. Vucica (varón de 9 años)
  8. Milosova (mujer de 30 años)
  9. Rade (varón de 20 años)
  10. Ruzica (mujer de 40 años)

Los enfermos se quejaron de pinchazos y dolor en pecho y costados, fiebre y convulsiones.

El informe de Glaser señalaba a Milica y Stana como las culpables de dicha epidemia y sus respectivas muertes.
Según contaban en la aldea Milica mencionó en una ocasión que había comido carne de ovejas muertas asesinadas por vampiros.
También se decía que Stana había admitido haberse frotado el cuerpo con sangre de vampiro para protegerse de ellos.
Por ello, se creía que estas mujeres podían haberse convertido en vampiros tras su muerte.

El informe de Glaser se envió a Belgrado y las autoridades decidieron enviar un comité de investigación dirigido por el cirujano militar Fückinger.
Este equipo de investigación también estaba formado por los tenientes coroneles, Bütler y Von Lindenfels, y por otros dos cirujanos militares, Siegele y Fiedrich Baumgarten.

Fückinger llegó a la aldea en enero de 1732 y en su informe anotó 17 muertes, las cuatro últimas ocurridas tras la marcha de Glaser.
Sin embargo, la lista de víctimas registrada por Fückinger no fue igual que la del informe de Glaser:
  1. Milica (mujer de 69 años, fallecida tras 3 meses de enfermedad)
  2. Chico de 8 años sin nombre.
  3. Miloje (varón de 16 años, fallecido tras 3 días de enfermedad)
  4. Stana (muerta tras 3 días de enfermedad tras dar a luz)
  5. Hijo recién nacido de Stana.
  6. Chica de 10 años sin nombre.
  7. Jochim (chico de 17 años, fallecido tras 3 días de enfermedad)
  8. Ruza (mujer fallecida tras 10 días de enfermedad)
  9. Stanjko (varón de 60 años)
  10. Miloje (varón de 25 años)
  11. Hijo de Ruza de 18 días de vida.
  12. Rade (sirviente del comandante local Hajduk, fallecido tras 3 días de enfermedad)
  13. Stanojka (mujer de 20 años, fallecida tras 3 días de enfermedad)

Con ayuda de algunos gitanos del pueblo desenterraron los cadáveres y la comisión estableció que cinco de los cuerpos se habían descompuesto, los otros doce cuerpos mostraban signos atribuidos propularmente al vampirismo. Estaban completos e incorruptos, su sangre estaba fresca y sus órganos y visceras en buen estado. Se les había caído las uñas y les habían crecido nuevas. Tenían un color rosado y la piel limpia.

Concluida la investigación se enterraron de nuevo los cuerpos descompuestos.
Los otros cuerpos fueron quemados, no sin antes haberles cortado las cabezas.

jueves, 14 de abril de 2011

LA PRINCESA VAMPIRO (documental Canal Historia)


Ahora los científicos pueden desvelar la verdad: la historia de los vampiros tal y como la conocemos no está inspirada en un conde medieval de Transilvania sino del destino de una princesa bohemia de principios del siglo XVIII.
Tras los muros del enorme y lúgubre castillo de Cheský Krumlov vivía una bella princesa, que tenía alergia a la luz y sólo podía salir de su habitación en secreto por la noche. Como en aquella época en el centro de Europa había un temor enorme a los vampiros, los habitantes del pequeño pueblo se aterrorizaron y cometieron un crimen horrible.
Doscientos cincuenta años más tarde, un equipo de arqueólogos encontró el esqueleto de una mujer enterrada en Cheský Krumlov según los rituales de los vampiros: la cabeza había sido separada del cuerpo y yacía entre los huesos de las piernas, el tórax aparecía atravesado con un instrumento de madera.

En este documental se sigue el rastro de los orígenes de todos los mitos sobre vampiros al tiempo que se desvela un espantoso asesinato.


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lunes, 11 de octubre de 2010

LA CONDESA SANGRIENTA Y SUS ESBIRROS: datos y curiosidades




Consideraba la vida como el bien supremo. Como se aburría siempre de forma tremenda, antes dar comienzo su larga lista de atrocidades, había constituido una corte de degenerados y ociosos con los que iba de castillo en castillo.

Siempre tenía por su habitación pergaminos escritos con sangre de gallina.
La llamaban la "Alimaña de Csejthe".

Erzsébet poseía un vocabulario que las mujeres de buena familia empleaban pocas veces y que ella usaba sobre todo durante sus crisis de erotismo sádico, dirigiéndose a jóvenes enloquecidas de dolor por los alfileres que les habían clavado bajo las uñas, o cuando, en su frenética pasión, les quemaba ella misma el sexo con un cirio.

Se bañaba en la sangre de las muchachas y en ciertas ocasiones, para ser más blanca, se introducía en una bañera con suave agua de ternera y se frotaba con ungüento de mano de cordero.

Erzsébet pinchaba a sus mujeres con alfileres, se tiraba en la cama y, revolcándose presa de una de aquellas crisis que acostumbraban a tener los Báthory, hacía que le trajeran dos o tres robustas campesinas muy jóvenes, las mordía en el hombro y masticaba luego la carne que había podido arrancar.

Había una misteriosa mujer que venía a verla disfrazada de muchacho. Para satisfacer su cruel pasión se dedicaban a desmenuzar con unas pinzas el busto de una muchacha en un apartado aposento del castillo, ignoraban que las habían sorprendido al menos dos veces. La sirvienta y el lacayo habían salido huyendo sin mirar hacia atrás y esperaron el proceso para hablar.

Las aldeas situadas al pie de los castillos de la Alta Hungría se negaban a dejar marchar a sus muchachas. Las artimañas de Dorkó, Jó Ilona y Kateline Beniezky ya no daban resultado.

En una ocasión la Condesa esta en su carroza y le llevaron a una joven sirvienta a la que mordió frenéticamente y pellizcó donde podría. La joven se escabulló fuera de la carroza y echó a correr por la nieve, pronto la cogieron y la llevaron donde estaban los lacayos, quienes fueron a sacar agua de debajo del hielo de los fosos. La desnudaron y la dejaron de pie en la nieve, le echaron el agua helada por encima, que se le congeló instantáneamente sobre el cuerpo. Repitieron este ritual hasta que murió y la enterraron al borde del camino, en el campo, bajo la nieve.

Al principio se celebraban funerales, como para todo el mundo, en la iglesia. Conservaban los cuerpos lavados, vestidos y recompuestos el tiempo que exigía la costumbre para permitir a la familia venir de lejos. A ésta se le daban explicaciones plausibles y comida. Pero un día se presentó una madre en el castillo para ver a su hija. A ésta, jovencísima, la había matado dos días antes y, precisamente, se estaban preguntando dónde meter ese cuerpo en el que las torturas había dejado huella. Le dijeron que había muerto y la madre insistió en ver su cadáver, pero estaba tan desfigurado que se negaron a enseñárselo y se apresuraron a enterrarla en cualquier sitio. A la madre la encerraron y se asustó tanto que no dijo nada, pero en el proceso fue la primera que habló.

La Condesa Báthory pasó la mayor parte de su vida en el Castillo de Csejthe. Le gustaba por su aspecto salvaje, sus muros que ahogaban todos los ruidos, sus estancias de techo bajo y, en lo alto de la pelada colina, su aspecto lúgubre. Bajo los sótanos del castillo, en el lugar en el que se había puesto la primera piedra, los albañiles habían emparedado viva a la primera joven que pasaba por allí para traer suerte, proporcionar abundancia y asegurar la descendencia a sus dueños.

Un día el marido de Erzsébet, acompañado por ésta, durante un paseo por el jardinillo privado del castillo, vio a una de sus jóvenes parientes llorosa y desnuda, atada a un árbol, untada de miel y cubierta de hormigas y moscas. La Condesa le explicó que aquella muchacha había robado una fruta. No le preocupaba gran cosa lo que su esposa hiciera con sus sirvientas, con tal de que no le diera la lata con ello las pocas veces que estaba a su lado.

Un herrero, bien pagado y atemorizado con amenazas, había forjado en el secreto de la noche una increíble pieza de ferrería de manejo particularmente difícil. Era una jaula cilíndrica de láminas de hierro brillantes sujetas por aros. El interior estaba provisto de pinchos acerados. En ella encerraban a una joven sirvienta desnuda e la izaban hasta el techo con ayuda de una polea. Entonces aparecía la Condesa con un vestido de lino blanco y se sentaba lentamente en un escabel colocado bajo la jaula. Tomando un hierro agudo y un atizador al rojo vivo, Dorkó empezaba a pinchar a la prisionera, quien, en sus movimientos de retroceso, iba a golpearse violentamente contra los pinchos de la jaula. A cada golpe aumentaban los ríos de sangre que caían sobre la Condesa.

Cuando esta jaula de Viena se le antojó anticuada, Erzsébet Báthory fue a Alemania y, al parecer, por medio del relojero Dolna Krupa, encargó su propia “Doncella de Hierro”. Este ídolo lo instalaron en la sala subterránea del castillo de Csejthe. Un mecanismo hacía que se le abriera la boca con una sonrisa bobalicona y cruel, enseñando dientes humanos, y que moviera los ojos. Por la espalda, cayéndole casi hasta el suelo, se extendía una cabellera de muchacha rubio platino. Un collar de piedras preciosas incrustadas le caía por el pecho. Precisamente tocando una de esas piedras era como se ponía todo en movimiento. Del interior salía el enorme y siniestro ruido del mecanismo. Entonces los brazos empezaban a levantarse y, pronto, su abrazo se cerraba bruscamente sobre lo que se hallara a su alcance. Dos grandes planchas rectangulares se deslizaban a izquierda y derecha y, en el lugar de los senos maquillados, el pecho se abría, dejando salir lentamente cinco puñales acerados que atravesaban sabiamente a la abrazada, con la cabeza echada hacia atrás y la larga cabellera suelta como la de la criatura de hierro. Apretando otra piedra del collar, los brazos caían, la sonrisa se apagaba y los ojos se cerraban de golpe. Se dice que la sangre de las muchachas apuñaladas corría entonces por un canalillo que iba a una especie de bañera situada en la parte de abajo y que se mantenía caliente. Pero pronto los complicados engranajes se averiaron, se oxidaron y nadie supo repararlo, además la Condesa se cansó de la rutina y torturas más variadas y animadas sucedieron a esta máquina de la muerte.


FIZCKÓ

Ujváry, el lacayo de la Condesa, era horrorosamente feo. Era un muchacho de la región, una especie de gnomo medio idiota y jorobado, perverso pero muy dócil, que estaba desde siempre su servicio. Le llamaban Ficzkó.

El Conde Nádasdy de lo dio para que lo criara a un pastor llamado Ujváry y de él tomó el nombre. A los 5 años hacía ya oficio de bufón, pero cuando cumplió los 18 años no hacía reír a nadie pues era malvado, tenía una fuerza enorme en los brazos y le gustaba vengarse de forma terrible de quienes se burlaban de su fealdad, y así fue como se convirtió en uno de los principales ejecutores de las crueles órdenes que procedían del castillo.

Cuando lo condenaron tenía unos 20 años. Ficzkó declaró en el proceso a la pregunta “¿Qué trato se les daba a las víctimas?” que se las podría ver tan negras como el carbón a causa de la sangre coagulada sobre sus cuerpos. Siempre había cuatro o cinco jóvenes desnudas y en ese estado las veían los mozos coser o atar haces en el patio. La Condesa Báthory les quemaba las mejillas, los pechos y otras partes del cuerpo con un atizador al rojo vivo. Lo más horrible que se les hacía en ocasiones era abrirles la boca a la fuerza con los dedos y tirar hasta que se desgarraban las comisuras. También les clavaba alfileres debajo de las uñas. Un día, por que la habían calzado mal, hizo que le trajeran una plancha ardiendo y planchó en persona los pies a la sirvienta culpable, diciéndole: “Ahora ya tienes tú también unos lindos zapatos con las suelas encarnadas”.


DORKÓ Y DARVULIA

Dorkó, una de sus más fieles sirvientas y cómplice en sus crímenes, cuando veía que la Condesa tenía un dobladillo mal cosido torcía el gesto y preguntaba quién, de entre el inquieto grupo de sirvientas, había cosido aquel dobladillo con bramante en vez de con hilo. Elegía a dos o tres muchachas y les cortaba la piel de entre los dedos para castigarlas por su torpeza, luego, ya metidas en harina, las desnudaba y les clavaba alfileres en los pezones. Aquello a veces duraba horas. Dorkó era la más cruel de las sirvientas y poseía una imaginación diabólica e inventaba continuamente nuevos suplicios.

Normalmente, para sus maquiavélicas torturas, utilizaban agujas, cuchillos, látigos y atizadores al rojo vivo. Pero en ocasiones untaba a sus víctimas desnudas en miel y las dejaba atadas en medio del bosque por la noche, para que si no las devoraban las fieras fuera presa de las moscas y hormigas. Cuando a veces estas jóvenes se desmayaban la Condesa ordenaba a Dorkó que les prendiera entre las piernas papel empapado de aceite para despertarlas.

Si las sirvientas robaban algo de comer o un poco de dinero; o si descuidaban el complicado encañonado de las famosas golas o hablaban mientras bordaban, cuando Erzsébet tenía un buen día mandaba a Dorkó desnudarlas y proseguir su trabajo desnudas y rojas de vergüenza, o las mandaba desnudas en un rincón, de pie. Pero si Erzsébet tenía uno de sus tormentosos días pobre de aquella que hubiera robado una moneda. Jó Ilona mantenía abierta la mano de la muchacha y Dorkó, o a veces la propia Condesa, con la punta de unas tenacillas, le depositaba en ella la moneda al rojo vivo. O bien, cuando la lencería no había quedado adecuadamente planchada, lo que se ponía al rojo vivo era la plancha de encañonar y la propia Erzsébet se la aplicaba en el rostro, la boca o la nariz a la negligente planchadora. Un día Dorkó sujetó la boca abierta de una joven con las dos manos mientras la Condesa hundía la plancha hasta la garganta de la culpable. Y si en esos días nefastos, a las muchachas se les ocurría hablar mientras bordaban flores, Erzsébet, con su propia mano, le cerraba los labios a la más charlatana atravesándoselos con agujas.

Kateline Beniezcy era la que tenía el cometido de lavar la sangre hasta la última huella.

A partir de 1604, tras la muerte del conde Nádasdy, una misteriosa criatura se había apoderado por completo de la mente Erzsébet Báthory. Ciertas noches se hundía en el bosque para aullarle a la luna. Comenzó a recibir los servicios de una vieja mujer llamada Darvulia conocida como “la bruja del bosque”. Tras su llegada al castillo no hubo más que llantos y disputas. Kateline Beniezky, apiadándose a veces, daba algo de comer a las jóvenes sirvientas encerradas en los sótanos en espera de su destino. Lo pagó caro el día en que la Condesa, enferma, se enteró, la mandó llamar junto a su cama y la mordió.

Darvulia bajaba a los sótanos y escogía las muchachas que le parecían mejor alimentadas y más resistentes. Con ayuda de Dorkó las conducían a los lavaderos donde ya se encontraba su señora en su alta silla esculpida, mientras Jó Ilona y otras se encargaban del fuego, de las ligaduras, de los cuchillos y de las navajas de afeitar. A las dos o tres jóvenes, las dejaban completamente desnudas, con el pelo suelto. Eran hermosas y tenían menos de 18 años. Dorkó les ataba los brazos muy fuerte y se turnaba con Jó Ilona para azotarlas con una varita de fresno verde que dejaba horribles surcos. A veces, seguía la propia Condesa. Cuando la muchacha era toda una llaga tumefacta Dorkó tomaba una navaja de afeitar y hacía incisiones en su cuerpo. Tal era el baño de sangre que Erzsébet Báthory pronto tenía que cambiarse el vestido, ya que sus mangas blancas se tenían de rojo. Cuando la joven, por fin, estaba próxima a morir, Dorkó, con unas tijeras, le abría las venas de los brazos. Algunos días, cuando la Condesa estaba harta de sus gritos, mandaba que les cosieran la boca para dejar de oírlas.

En ocasiones traían un gran puchero de barro pardo y mandaban venir tres o cuatro muchachas rebosantes de salud a las que habían dado de comer cuánto había querido, mientras empezaban a fortalecer a otras cuatro para la vez siguiente. Dorkó les ataba los brazos con unas cuerdas muy apretadas y les cortaba venas y arterias. La sangre brotaba e iba llenando el puchero y cuando todas agonizaban por el suelo Dorkó la vertía sobre la Condesa.

Erza Majorova ocupó el puesto de Darvulia tras su muerte.

Cuando alguien incomodaba a Erzsébet, ésta no dudaba en decir a Darvulia que hiciera sus famosos pasteles. Inmediatamente, Darvulia iba a pedirle veneno a Majorova.

La Condesa se enfureció al ver que seguía envejeciendo y Erza Majorova le dijo que era por que habían sacrificado a simples muchachas del campo, sirvientas, y que debían ser hijas de nobles campesinos, barones o caballeros. Y fue una cacería encarnizada. La estratagema que se le había ocurrido a Erzsébet para atraer a su casa a estas jovencitas era muy sencilla. Sus criadas tenían que declarar en estilo húngaro florido, pero claro, que la “Dama de Csejthe” se veía en el momento de enfrentarse con un invierno más, sola en su aislado castillo; que estaba dispuesta a acoger en su casa a jóvenes de familias nobles para iniciarlas en el buen tono y en los buenos modales y también para enseñarles idiomas. A cambio, no pedía más que su compañía en Csejthe durante el largo invierno. Las viejas trajeron muchas jóvenes, unas veinticinco, pero al cabo de un par de semanas sólo quedaban dos.

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EL PROCESO Y LA CONDENA

El acta de proceso de Erzsébet Báthory quedó abandonada en un sobrado de Bicse, donde el polvo, los ratones y la lluvia hicieron al cabo de ciento sesenta años, casi indescifrable. Un padre jesuita logró leerla y rememorar la sombría vida de una Condesa que sólo buscaba jovencitas bellas y sin defectos para sacrificarlas.

Sólo sus damas de honor no testimoniaron en su contra, no comparecieron en el proceso.

La Condesa Báthory no hizo ninguna grandiosa demostración de arrepentimiento, jamás pidió gracia, ni la muerte. Murió rodeada sólo des fasto de su persona.

Poco antes de ser descubierta, en las fiestas de navidad, Thurzó, primo de la Condesa, le dijo a ésta que la acusaban de haber asesinado d las nueves muchachas enterradas en la iglesia de Csejthe alrededor de la tumba del Conde Országh. Decían que había torturado y asesinado a varios cientos de muchachas y que se había bañado en su sangre para conservar juventud y belleza. Erzsébet lo negó todo. Thurzó le dijo que había testigos y decidió junto a Zavodsky, también consejero de la Condesa, convocar a sus familiares que se encontraban allí y pedirles que la vigilaran estrechamente y que le impidieran alargar la lista de sus desmanes. El Palatino, para dejar a salvo el honor de la familia Báthory había decidido llevar a Erzsébet a Varannó, dejarla allí algún tiempo y después recluirla en un monasterio.

El 29 de diciembre de 1610 llegaron Thurzó y los yernos de Erzsébet. Como Thurzó sabía que su orgullosa prima era capaz de defender encarnizadamente sus castillos cuando lo estimaba oportuno, había hecho que lo siguiera una delegación rodeada de hombres de armas. Acompañado también por el pastor de Csejthe y provistos de antorchar bajaron al subterráneo de los crímenes, de donde subía el olor a cadáver, y penetraron en la sala de tortura con los muros salpicados de sangre. Allí estaba la “Doncella de Hierro”, jaulas e instrumentos junto a fuegos apagados. Hallaron sangre seca en el fondo de grandes pucheros, vieron celdas donde se encarcelaba a las muchachas y un profundo agujero por donde se hacía desaparecer a la gente. Allí, echada junto a la puerta, encontraron a una joven desnuda y muerta. A la luz de la antorcha podían verse las señales dejadas por los instrumentos de tortura: la carne destrozada, los pechos acuchillados, los cabellos arrancados a puñados. En algunas zonas de las piernas y de los brazos no quedaba carne sobre los huesos. Fue más allá y encontró a otras dos muchachas desnudas. En el fondo de los sótanos, en una celda sin aire, descubrieron al grupo asustado de las reservadas para la vez siguiente. Le dijeron que primero las habían dejado morirse de hambre y que luego les habían hecho comer carne asada de sus compañeras muertas. Encontraron el maletín de torturas: los hierros, las agujas, las tijeras que servían para mutilar la nariz, las orejas, los labios y mucho más. Todos estos objetos se han conservado en un pequeño museo de Pistyán.

Encontraron un cuadernillo de notas en la habitación de la Condesa, de su puño y letra, en el que describía a sus víctimas, seiscientas diez en total. Apuntaba sus nombres y sus particularidades.

Cuando Thurzó descubrió esta masacre, Erzsébet Báthory no se encontraba en el castillo. Estaba en su nueva guarida, altiva y orgullosa, sin negar nada y proclamando que todo entraba en sus derechos de mujer noble y de alto rango.

El Palatino condenó entonces a la Condesa a prisión perpetua en su propio castillo. Thurzó se negó a que juzgaran a Erzsébet en público, en beneficio de los descendientes de los Nádasdy. Se prohibió a todo el mundo que se comunicara con ella, incluido el pastor. Cuando se dictó irrevocablemente la sentencia, fueron a Csejthe unos albañiles. Una tras otras, tapiaron con piedras y mortero las ventanas del cuarto en que la Condesa iba viendo disminuir progresivamente la luz. Sólo dejaron, en todo lo alto, una delgada ranura de claridad y de aire por la que podía vislumbrar el cielo en el que ya iban alargándose los días. Después de haber tapiado las ventanas, los obreros empezaron a levantar un grueso muro delante de la puerta de la habitación, dejando sólo una ventanilla que permitiera pasar un poco de comida y agua. Y cuando todo quedó terminado, se levantaron en las cuatro esquinas del castillo cuatro cadalsos para poner de manifiesto que dentro vivía una condenada a muerte. Muy de tarde en tarde alguien subía al castillo y hacía pasar por la ventanilla del muro lo estrictamente necesario. Tres años y medio vivió en esas condiciones, con un frío mortal y medio muerta de hambre. Pero no puedo soportar la reclusión ni, sobre todo, el frío intenso de esos inviernos sin lumbre. Murió lentamente, sin llamar a nadie, no depositó esquela alguna para pedir consolación divina en ese reborde de la ventanilla por la que le pasaban el pan. No escribió ninguna petición de indulto, sino sólo su testamento, que rehízo un mes antes de su muerte.

Murió el 21 de agosto de 1614.

A los esbirros de la Condesa los conderon a muerte. Toda la comarca quiso asistir a las ejecuciones, que tuvo la mañana del 7 de enero de 1611. El verdugo, vestido de rojo y con la cabeza cubierta por una capucha, esperaba ante la hoguera que ya estaba encendida. El verdugo hundió unas tenazas en el fuego y depositó la espada en un tajo. Entonces el juez real dio lectura al acta de acusación y a la condena: a Jó Ilona y Dorkó les arrancaron los dedos con las tenazas, por que esos eran los dedos con los que se cometieron los crímenes contra el sexo femenino y, seguidamente, se les arrojó vivas al fuego. A Ficzkó, como tenía unos veinte años y no había participado en todos los crímenes, se le impuso una pena más moderada. Le decapitaron y, ya muerto, le arrojaron al fuego.

Ciento sesenta años después de estos acontecimientos, encontraron la minuta del proceso en un montón de viejas ruinas. Este original del proceso fue pasando de mano a mano, se conservó mucho tiempo en los Archivos del Cabildo de Grán y, recientemente, se encontraba todavía en los Archivos nacionales de Budapest.